Sobre los Intercambios de Parejas

Hola amigos, me llamo Goyo, tengo 45 años físicos y un espíritu de unos 25 y una complexión de lo más normalita. Mi mujer Julia tiene dos años menos, también una personalidad muy jovial y un cuerpo de escándalo, al menos para mí y todo aquel que tiene la suerte de conocerla, sobre todo en la intimidad.

Fue proponérmelo y encontrarlos. Por curiosidad y morbo decidí intentar contactar con otra pareja y probar cosas nuevas, algo con lo que aliñar la relación de años de pareja. En aquel chat anónimo dejé claro que quería contactar con parejas, y después de descartar como tres o cuatro participantes que seguro que no eran precisamente parejas, di con alguien con quien congenié desde el principio. Aún no estaba seguro si era un tío sólo o en realidad tenía su pareja al lado como aseguraba, o al menos sus intenciones de relacionarse con otra pareja parecían sinceras, y me pareció justo ya que yo ni siquiera lo tenía hablado con mi pareja. No dejaba de ser una prueba basada en una fantasía. De esa noche, lo que más recuerdo, es haber estado chateando con alguien afín a mis intereses, distendida y amenamente. Dijo llamarse Joaquín y tras algunas horas de charla decidimos compartir direcciones de Messenger y poder así continuar con tan amena y picante conversación otro día.


Así lo hicimos en muchas ocasiones, la confianza iba en aumento, siempre con la complicidad de la noche, hablabamos de todo y en muchas cosas coincidíamos, conocí a su mujer que me pareció alguien también muy especial y cercana en cada tema que tratábamos. Casi siempre que podíamos sacábamos el tema sexual y nos poníamos como motos simplemente explicando nuestros gustos o nuestras fantasías. Pero la mayoría de las veces también hablábamos de viajes, de cómo nos había ido el día o de la lucha contínua con los chicos.

No podía saber al cien por cien si ciertamente eran un hombre y una mujer con quien yo charlaba tan amenamente, pero el sentido de la amistad que yo notaba en cada conversación me hacía confiar. Por mi parte me remordía el hecho de no ser totalmente sincero con ellos ya que mi pareja no era totalmente conocedora de este contacto. Poco a poco le fui comentando a Julia que había contactado con una pareja de la zona de Madrid, que parecía muy buena gente y que me encantaba charlar con ellos. También le sondeaba de vez en cuando, generalmente cuando estábamos en la cama a punto de hacer el amor, sobre lo estimulante que sería poder vernos con aquella pareja y que tipo de encuentro podríamos tener. Hablar de esa fantasía nos ponía a 100 y le ponía sabor a nuestra relación. Era como descubrir caminos en el tema del sexo, muy excitantes y totalmente nuevos e inexplorados. Particularmente yo me encontraba en un momento de mi vida que bien mi edad (40 por aquél entonces) o bien otras experiencias me habían hecho reflexionar sobre lo dura y amarga que es la vida a veces y para entonces ya tenía muy claro que en la vida hay que buscar los alicientes necesarios para hacerla más atractiva y disfrutar a tope mientras se pueda. Es una filosofía que me gusta practicar desde entonces. Así que, para mí, la posibilidad de gozar de una nueva amistad, de esa manera tan abierta y sincera me estimulaba enormemente, tanto que hice lo posible para que pudiéramos conocer a esa pareja y dejar que las cosas surgieran. Ellos ya me habían dejado claro su sana disposición a que les visitáramos y nos conociésemos.


Para aquél entonces ya habíamos cruzado multitud de conversaciones y algunos video-chats en los que desinhibidamente nos provocamos a distancia. Gracias a la webcam pude medio adivinar que mi nueva amiga en verdad era muy atractiva, con unos pechos grandes y bonitos, y un cuerpo lleno de curvas tal y como me habían descrito ellos en otras ocasiones. En una ocasión, por mi parte, orientando la cámara convenientemente al escote de Julia dejé constancia de que ella también tenía mucho que ofrecer. La simple insinuación de los estupendos pechos de mi esposa tenía que producir su efecto en mi nuevo amigo, y así fue. Julia, mi mujer, conversaba a veces a solas con Joaquín. Siempre me encantaba pensar que fueran charlas subidas de tono, picantonas y llenas de fantasías. Cuando hablaba con mi amigo me comentaba lo entusiasmado que estaba por conocer a Julia y que notaba como la amistad hacia ella se hacía muy fuerte y bonita, y eso me encantaba.


Por mi parte yo contactaba cada vez que podía con Sofía. Hablar con ella me gustaba muchísimo, porque aparte de contarnos confidencias y fantasías de tipo sexual, éramos capaces de hablar durante horas de nuestros día a día. Hablábamos del trabajo, de la familia, de las aficiones de cada uno, de todo. También habíamos intercambiado alguna fotografía que otra, decentes siempre, familiares, así que sabíamos también el aspecto que teníamos los cuatro y si nos encontrábamos lo suficiente atractivos como para intentar un aproximación más real, incluso sexual. No pretendo engañar a nadie y tampoco entonces, así que dejé claro cuánto me atraía Sofía, y cómo me excitaba la idea de conocerla. Todo esto me ponía casi tanto como imaginarme a Julia en brazos de otro.
Se dió la oportunidad de poder dejar a nuestros hijos un fin de semana con familiares y de que ellos pudieran hacer lo propio. Hicimos el viaje de Málaga a Madrid llenos de dudas, excitación, nervios y fantasías.


Amablemente nos vinieron a recoger a la estación y nos alojaron muy confortablemente en su casa, donde, desde el primer momento nos encontramos muy a gusto. Su trato fue de lo más correcto y cercano, era como si ya hubiese estado con ellos muchas veces antes. Nunca antes sentí encontrarme tan entre amigos como con ellos aquel fin de semana.


Días antes, e incluso aquél mismo día charlamos los cuatro sobre el asunto y dejamos claro que si surgía algo todos estábamos de acuerdo. Y la noche se nos presentó como se les presenta a cualquier grupo de amigos cuando se reúnen. La preparación de una cena rápida entre risas y comentarios y una sobremesa de igual forma. Pusimos música de fondo y mientras nos tomábamos unas copas decidimos jugar a cartas. Pero como no nos poníamos de acuerdo a qué juego jugar propuse reunir un buen puñado de lápices y jugar al mikado. La propuesta se aceptó, y por supuesto con el típico aliciente en reuniones de este tipo de pagar prendas. Las risas aumentaron, y por supuesto los nervios, por lo que los más torpes empezamos a perder prendas muy pronto. Además los hombres, al llevar sólo camiseta y no usar calcetines llevábamos las de perder. Y así fue como cuando ellas andaban en sujetador (¿quién se pone sujetador debajo del pijama?) a mí me tocó perder la última prenda, el bóxer. Hasta entonces cada cual se había ido quitando sus propias prendas a medida que perdía en el juego, pero para la prenda final se me ocurrió ponerme en pié y ponerme entre nuestras dos mujeres e invité a que ellas me ayudaran a pagar mi prenda. Mientras reíamos a carcajadas no pude más que alegrarme de mi privilegiada posición ya que sólo con mirar hacia abajo podía ver con todo lujo de detalle el canalillo de Julia y el de Sofía y el inicio de sus estupendos pechos. La visión no podía ser más estimulante. Lo cual me vino de perlas ya que el bulto que aparecía en mi bóxer no pasaría desapercibido. Entre risas y miradas lascivas cada una de las mujeres iba bajando lentamente la prenda hacia abajo. La aparición de mi miembro semi-erecto se hizo que entre vítores, risas y aplausos por parte de mis tres contrincantes. La sonrisa y el guiño de mi anfitriona fue porque por fin pudo comprobar que efectivamente llevo el sexo rasurado tal y como le conté en alguna de esas pícaras conversaciones y que ella no creyó hasta ese momento. Ya desnudo del todo empecé a separarme de ellas para tomar asiento y seguir jugando cuando me despidieron con una palmadita en el culo mi mujer, y una caricia en el pene por parte de Sofía. No se resistió a comprobar la suavidad de la que le hablé.


Incomprensiblemente mi amigo aguantó con sus boxers mientras nuestras compañeras perdían el resto de sus prendas. Cuando Julia perdió sus pantalones procuró hacerlo estando de pie y poder enseñar a Joaquín un precioso tanga con Piolín estampado en él acompañado de un guiño a nuestro amigo. Intuí que él ya sabía de la existencia de ese tanga tan original y de ahí la dedicatoria, pero supuse que muy poco se iba a fijar Joaquín en la prenda habiendo otras cosas alrededor que admirar. Por su parte Sofía había acudido a una lencería más clásica, la que ella sabía que me ponía a mil, tanga de encaje negro, tal y como anunció su elegante sujetador a juego. Prenda esta que resultó ser la próxima en caer, permitiéndome, primero, no ser el único que enseñara algo, y segundo, poder ver, al fin esos pechos que tanto había imaginado. Conocedora del daño que ocasionaba, Sofía se dispuso a desprenderse de su prenda con total parsimonia y sensualidad. Si Joaquín sufría con la espera, más sufría yo. Al final el sujetador, abierto atrás fue deslizándose hacia abajo dejando al descubierto unos pechos maravillosos, blancos, grandes y desafiantes. Unos pezones rosaditos que me hipnotizaban. Me hubiese tirado de cabeza a besarlos, pero me contuve. Me alegré de no tener más prendas que perder ya que no hubiese podido seguir jugando convenientemente. Además, mi pene se estaba llevando otra alegría en esos momentos y me estaba dando un poco de corte mostrar tanto “entusiasmo”.


La siguiente ronda la perdió Julia, lo cual me ilusionaba enormemente ya que podría ver en directo la cara de Joaquín al ver los magníficos pechos de Julia. Ésta, también se tomó su tiempo y supo hacernos derretir mientras se mostraban sus turgentes pechos hasta que por fin quedaron al descubierto para deleite del personal sus siempre erectos pezones. Joaquín silbó i casi babeamos teniendo esas dos preciosidades sentadas a la mesa sin saber muy bien cómo podría acabar la cosa esa noche.
El caso es que como pudimos reanudamos el juego, sobre todo porque Joaquín aún tenía algo que mostrarnos y nuestras dos mujercitas aún más. Como no podía ser de otra manera fue mi compañero el que perdió, y casi con alivio me imitó levantándose y colocándose entre las dos féminas. Ya le habían bajado lentamente y con expectación el bóxer y como un resorte apareció en su esplendor el sexo de mi amigo. Totalmente erecto era evidente que Joaquín además de tener un cuerpo más atlético que el mío posee un miembro mayor que el mío, hecho este que no pasó desapercibido por Julia, que a la vez que admiraba la entrepierna ya desnuda de nuestro amigo se mordía el labio inferior y me dirigía una mirada de lo más cómplice.


A estas alturas de la noche y del juego las cosas estaban mucho más claras, a todos nos gustaba lo que veíamos, el ambiente era de lo más sensual y todos sabíamos lo que queríamos.

Joaquín tal y como estaba se agachó y besó profundamente a su mujer. Julia aprovechó la situación y le pasó su mano en una suave caricia por su duro pene tal y como me había hecho antes Sofía. Cuando termino de besar a su pareja se dirigió a Julia y con toda normalidad y la besó de igual forma que había hecho con Sofía. Mi mujer claramente se dejaba llevar por la situación y mientras se besaban con pasión no dejaba de acariciar el sexo de su nuevo amigo. Ser espectador de la tórrida escena que protagonizaba mi querida esposa me encantó y me acarreó la gran erección de la noche.
Cuando dieron por acabado el beso Joaquín le tendió la mano a Julia y le ayudó a levantarse. Ella, en su desnudez, estaba preciosa. La sonrisa picarona de su cara dejaba claro lo bien que se lo estaba pasando, de hecho aún no había soltado el miembro hinchado de su nueva pareja. Él le pasaba el brazo por su cintura y le besó en el cuello. Julia se derretía cuando se le acariciaba en esa zona. La veía feliz y la veía disfrutar, así que nada me importó cuando vi que de la mano y entre sonrisas cómplices se disponían a salir del salón donde nos encontrábamos. Sabía lo que pasaría a continuación, y no sólo lo aceptaba sino que me estimulaba aún más. Por un momento traté de imaginar la sorpresa de mi amigo cuando despojara de la última prenda a Julia y descubriera su sexo totalmente rasurado, suave y seguro que muy húmedo por los acontecimientos. Fueron sólo unos segundos de imaginar, porque enseguida comprendí que lo que la noche pedía era experiencias por separado, sexo por separado.


Al instante era yo quien, apartando su ensortijada melena, besaba en el cuello a Sofía y sus pequeños gemidos me dejaban claro cuánto le gustaba. De espaldas a ella, que seguía sentada a la mesa y sin dejas de acariciar su cuello con mis labios, pasé a acariciar con ambas manos sus generosos pechos. Al tacto, como no podía ser de otra forma, eran totalmente diferentes a los de mi mujer. Los de Sofía eran más blandos y más suaves de los que yo tanto disfrutaba desde hacía años. No quería parecer demasiado impetuoso, pero las caricias parecían gustarle más de lo que yo imaginaba ya que al momento puso sus manos sobre las mías para que el contacto con sus pechos fuese aún más fuerte.

Sus suspiros me hicieron caer en la cuenta de que en alguna parte de la casa habría un lugar mejor para que hiciéramos realidad las fantasías tantas veces imaginadas en nuestras charlas. Le comenté que mejor buscáramos una cama y, de una forma muy sensual como es ella, se levantó y cogidos de la mano salimos del salón. Andando detrás de ella pude admirar su magnífico culo enmarcado por el minúsculo tanga que destacaba aún más sus redondeces. Era perfecto, ni muy grande ni demasiado pequeño, y entre caderas de escándalo. Mi excitación iba en aumento mientras andábamos por el pasillo. La puerta de su dormitorio ya estaba cerrada, ocupada momentos antes, y donde también deseábamos se estuvieran cumpliendo tantas otras fantasías imaginadas por nosotros para nuestras parejas. Así que sin perder un momento entramos en el dormitorio de invitados donde una de las dos camas esperaba ser testigo de nuestro primer encuentro. Nos quedamos un momento más de pié besándonos, ahora con verdadera pasión. La novedad de la situación, besar así a alguien que hace pocas horas no conocía, una mujer que no era la que yo besaba desde hacía bastantes años, me hacía excitarme pero a la vez sentirme muy extraño.

Después de unos minutos de entrelazar nuestras lenguas y mordisquear nuestros labios separó su boca lo suficiente para poder hablar y entre susurros me dijo:
¿Estás muy acostumbrado a cumplir tus fantasías?, porque hoy yo también voy a cumplir las mías.
No contesté, sólo sonreí. Ella no esperaba respuesta, y poco a poco nos fuimos acomodando en la cama. Tarea difícil cuando nuestras manos no dejaban de acariciar al otro. Intentar acertar en los gustos de otra persona y tratar de complacerla o intentar coordinarte con esa nueva compañera de juegos es algo bastante difícil. Así que decidí dejarme llevar por mis deseos y hacer lo que me pedía el cuerpo. Tal cosa era, de momento, besarla, y así estuvimos bastantes minutos, casi demorando lo que de todas formas deseábamos fervientemente que ocurriera. De vez en cuando parábamos y nos decíamos algo cariñoso, o algo original, o algo que no tenía que ver con el momento, y después volvíamos a comernos la boca con pasión. Eran los nervios. Mientras, mis manos viajaban con delicadeza entre sus pechos, su vientre y su pubis, aún oculto por la fina y transparente tela de su erótico tanga, y que me moría por descubrir.

Decidí pasar a la acción y besar goloso sus redondos pechos y acariciar con mi lengua esos tiernos pezones, mientras, ella, con una respiración agitada entre leves gemiditos intentaba reflexionar sobre lo peculiar de la situación, o de la suerte que teníamos de poder cumplir esas fantasías acompañados de nuestras parejas.


Después de una de esas continuas interrupciones en las que bajábamos un poco a la tierra y nos daba por comentarlo todo quise dar otro paso más y me dispuse a apartar el último obstáculo, su tanguita. Tuve que contar con su colaboración ya que acostados como estábamos me estaba costando más de la cuenta. Delicadamente pasé mis dedos y la palma de mi mano por su zona púbica, poblada de un bello cuidado y recortadito, no la “selva negra” que ella, de broma, me comentaba en nuestros chateos que tenía por contraste a como sabía ella que teníamos nuestros sexos Julia y yo.

Encontré un sexo cálido y húmedo, no podía ser de otra forma después de tan excitantes momentos vividos hasta el momento. Quise ser tan exquisito y atento con ella como lo soy con mi mujer, y sólo después de frotar con delicadeza sus zonas más superficial y confirmar que iba por buen camino con sus gemiditos me decidí a ir presionando más con las yemas de mis dedos y abrirme paso lentamente entre sus carnosos labios hacia una vagina tan mojada que mis dedos se introducían solos. Mi tierno masaje a su excitado clítoris y mis suaves introducciones en el inicio de tan cálida vagina le iba acelerando progresivamente la respiración y le arrancaba continuos gemidos que ya no podía ocultar. Me preguntaba si esta mujer que se entregaba esa noche a mí, llegado el momento del clímax resultaba ser de esas escandalosas que gritara descontroladamente.


Pero para nada me preocupaba que pudiera oírse en el otro dormitorio ya que todo estaba más que hablado y era de lo más lógico que podría pasar en esos momentos. Más tarde descubriría que no, que al igual que mi mujer era bastante sutil a la hora de expresar su placer. Mientras, ella, con suma suavidad subía y bajaba su mano a lo largo de mi duro pene y me hacía saborear el desconocido placer de que alguien que no es tu pareja te masturbe. De vez en cuando me soltaba la polla y agarraba con cariño mis testículos para masajearlos con dulzura. Para entonces ya había deslizado uno de mis dedos completamente en el interior de su vagina explorando sus rincones más íntimos y jugosos. A la vez que masajeaba con más ímpetu su excitado clítoris alternaba suaves lamidas con pequeños mordiscos en sus ya erectos pezones. También me distraía en ocasiones de tan placenteras maniobras y me dedicaba a acariciar su trasero, sus caderas o su espalda. Su piel era tan suave que si no hubiese sido por su elevada temperatura me hubiese parecido estar acariciando una escultura de mármol. Así pudimos estar más de una hora, tiempo en que pude mantener la excitación y la erección sin problemas dado que la situación era tan novedosa como estimulante. No faltaban esos momentos en que nos preguntábamos innecesariamente el uno al otro si nos gustaba tal caricia o tal maniobra. O nos interrogábamos sobre qué nos gustaría que estuvieran haciendo nuestras parejas. Yo concretamente creo que hablaba tanto primero, para no meter la pata, tantear el terreno antes de hacer algo que no le agradara, y segundo para que el acto no se limitara a solo follar por follar. Una constante de cada encuentro que mantuve desde ese día con Sofía es que continuamente dejamos muy claro que no hay en estos escarceos más sentimiento que un cariño especial, una pasión, un aprovechar la situación de conocer a alguien que también le guste el sexo y la posibilidad de hacerlo ante nuestras parejas. Nada de amor, nada que algún día nos desviara de la verdadera relación de amor que tenemos con nuestras propias parejas. Creo que por este sano planteamiento nunca hemos tenido un atisbo de arrepentimiento o culpabilidad, y nuestros respectivos matrimonios siempre han sido lo primero y más importante.


Durante el tiempo que estuve acariciando su sexo me di cuenta de que Sofía no terminaba de abrir completamente las piernas. No facilitaba del todo mis maniobras, llegándome a costar en algunos momentos los convenientes movimientos para poder dar todo el placer que ese jugoso coñito parecía pedir. Se lo achaqué a los lógicos nervios de estar practicando sexo con alguien distinto a su marido. No podía ni debía esperar que alguien de su juicio se abriera literalmente de piernas ante un recién llegado, por muy bien que este recién llegado la estuviese tratando. Así que no le di demasiada importancia y seguí a lo mío.


Llegó un momento en el que Sofía se incorporó, soltó mi excitadísima polla y se recortó encima de mí, frente a frente. Primero me besó con más desea y más furia que antes, se deslizó hacia abajo y me lamió y mordisqueó con suavidad mis pezones, y cuando me hubo arrancado unos cuantos gemidos de placer bajó en dirección a mi sexo, donde se paró. Primero sólo rozó con sus labios el glande y toda la longitud de mi pene, después realizó las mismas caricias con la boca más abierta y poco a poco fui notando la puntita de su lengua recorrer con suavidad la superficie de mi, ya casi morado, glande. Me dejaba hacer pero era toda una tortura, una placentera tortura para finalmente coger suavemente mi miembro con una mano e introducirse la puntita en su boba. Notaba la calidad humedad de su saliva, notaba su lengua ir de un lado para otro y su cabeza subir y bajar para que sus labios, cerrados en torno a mi pene, me masturbaran magistralmente mi polla que me parecía desde hacía rato que me iba a estallar de placer. Utilizaba su otra mano para sobarme es escroto y la zona del perineo.


Definitivamente esta mujer sabía lo que realmente me gusta y estimula. Tanto que notaba como si la sangre me hirviera por todo mi cuerpo, y más concretamente en la zona donde ella me estaba tan húmeda felación. Tuve que interrumpirla con suavidad, no quería estallar así en su boca, aún quería devolverle al menos parte del placer que ella me había regalado. Disfruto mucho dándole sexo oral a mi mujer, no me considero malo en tal disciplina y me dispuse a corresponder a su generosidad. Cuando fui cambiando la posición de mi cuerpo y ella se percató de mis intenciones me llevé una gran sorpresa cuando muy diplomáticamente rechazó mi ofrecimiento, cerró de nuevo sus piernas y me comentó que aunque le gustaba no lo necesitaba aquella noche. Como pude me dirigí de nuevo con mis dedos hacia su coñito y pude comprobar que su deseo no había disminuido, que incluso se había intensificado, a cada caricia a su clítoris le seguía una pequeña sacudida de placer por todo su cuerpo.


Con el paso de los años de convivencia sexual Julia había desarrollado un gusto por el sexo digna de una amante de gran altura, y unas habilidades y técnicas bastantes desinhibidas y exquisitas, y resultó que eran muy similares a los que nuestra nueva amiga hacía gala esa noche conmigo.
Comprendí que era el momento que el deseo de estar dentro de ella me podía y que Sofía lo deseaba desde hacía rato. En susurros se lo propuse y en susurros me lo rogó.
Y llegó para mí el momento difícil de la noche, porque si bien estoy vasectomizado desde hace años y por ello no uso condones con ella desde entonces, era de recibo usarlos aquella noche. Primero tenía que localizar mi maleta ayudado con la tenue luz que nos alumbraba y después la bolsa de aseo donde había guardado algunos por si la ocasión los requería. En su día habíamos comentado como le desagradaba el olor a látex de los preservativos, así que había tenido el detalle de llevar unos de sabor a fresa.


El tener que levantarme para buscar el condón y abrirlo, junto con el par de horas largos de erección durante aquellos intensos preliminares me había desconcentrado un poco y mi polla se relajó un poco. También la poca práctica en esa tarea hizo que me costara un poco colocármelo con la polla tan floja, pero al fin pude. Al volver a la cama Sofía se percató al momento de la pérdida de volumen del miembro que se disponía a disfrutar. No dijo nada y hábilmente me acarició, lo suficiente para que en segundos se convirtiera de nuevo en la lustrosa polla que había conocido aquella misma noche.

Le pregunté cómo lo quería y sin hablar me hizo recostar boca arriba. Cuando ya me tenía en esa posición puso una rodilla a cada lado de mi cuerpo y se fue sentando sobre mí introduciéndosela en su vagina. Lo hizo muy lentamente, no porque le costara, ni mucho menos, sus jugos íntimos facilitaban que se deslizara perfectamente por su interior. Lo hacía así disfrutando el momento. Todas ella concentrada en el placer que estaba recibiendo. Con los ojos cerrados y cuando ya la tuvo completamente dentro se irguió lo suficiente para que mi pene casi saliera de su húmeda cueva. Volvió a caer sobre ella y de nuevo la tenia toda dentro. Fue repitiendo el movimiento acelerando cada vez la frecuencia y acelerando sus gemidos a cada nueva introducción. Por mi parte, la sensación de estar dentro de aquella mujer era vertiginosa. Aunque no quería pensar más allá, no dejaba de darme cuenta que lo estaba haciendo por primera vez con una mujer distinta a la mía, que el placer y el gozo que recibía eran muy similar a cuando lo hacía con la mía propia. Pero sólo quería gozar del momento, y ¡cómo lo hacía!.


La tenue luz tan sólo recortaba la silueta de sus imponentes pechos que saltaban graciosamente a cada movimiento de mi compañera sobre mí. No dejaba de jadear dejando claro cuánto gozaba. Con mis manos en sus caderas comencé a ayudar en su movimiento de sube y baja, dándole algo más de energía. El placer que sentía en mi polla era electrizante y la mente no dejaba de deleitarse con el pensamiento morboso de lo que estábamos haciendo los cuatro aquella primera noche.

No dió tiempo a probar otra postura ni intentar nada más, las contracciones de las paredes de su vagina dejaban claro que su orgasmo había llegado, y a la vez me procuraban un estímulo más intenso a mi polla cada vez que entraba en su interior. Una corriente electrizante recorrió mi cuerpo en el momento del orgasmo. Tuve que gemir, fue muy intenso, era mucha la energía contenida que salió de golpe. El orgasmo fue casi simultáneo al de Sofía, e igual de brutal. Quedamos desechos uno al lado del otro. Satisfechos y sin asomo de vergüenza, culpabilidad o arrepentimiento. Lo habíamos pasado genial, al menos eso decía la cara de Sofía que de algún sitio sacó varias toallitas húmedas y me ofrecía un par. Nos limpiamos nuestros respectivos sexos y ella se colocó su tanguita. Yo decidí dormir tal y como estaba, desnudo. Charlamos un poco. No se nos pasó por la cabeza preguntarnos cómo lo habíamos pasado o si lo habíamos hecho bien. Hubiese sido algo muy torpe y carente de sentido ya que estaba claro cuánto habíamos gozado. Comentamos que no se oían ruidos que vinieran de su dormitorio, por lo que dedujimos que nuestras parejas habrían sido algo más rápidas que nosotros en su particular noche. Sofía me comento cuánto le gustaba después de hacer el amor dormir siendo abrazada. No tuve inconveniente y de lado me abracé a ella juntando nuestros cuerpos y notando cómo los latidos y respiración del otro se iban apaciguando poco a poco hasta encontrar ese relax que sólo proporciona el buen sexo. Mis últimos pensamientos esa noche fue para Julia, mi mujer, y que, sin intentar imaginar detalles de cómo lo habrían hecho, si deseaba que Joaquín le hubiese proporcionado tanto placer como el que yo había disfrutado esa noche, o más.

En cuanto nos encontráramos la mañana siguiente sabríamos detalles de las aventuras nocturnas de cada uno, y aún pasaríamos otro día y otra noche en Madrid. Pero el resto del viaje tendré que dejarlo para un futuro relato.


Y aunque a grandes rasgos sé qué paso esa noche en la otra habitación, no debo ser yo quien dé detalles. A lo mejor tenemos suerte y alguno de sus dos protagonistas se anima a compartir su propio relato.

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